Es como si la condición del escritor fuera la de un eterno observador, atrapando momentos de la vida, del tiempo de los otros sin que toque el propio. La historia del escritor es la de todos y la de nadie. El escritor espera todo el tiempo, desconoce lo que aguarda y a quien esperar, sólo se asume con la certeza ancestral de que la promesa tejida en los textos, en las fantasías y en sus sueños, algún día se materializará.
No sabe qué busca, pero la búsqueda le sabe a sal, como las lágrimas, como el mar. ¿Será que los sentimientos viajan en partículas de sal y todos llevamos en los ojos un poco de mar?
Él te mira, tu estas desnuda en medio de un bosque totalmente nevado. Las palabras sobran, tú lo sabes. Has esperado este instante desde que naciste: naciste para este momento. Alzas tu mano y él, como un reflejo intenta tocarte, su mano se queda suspendida en el viento, en el tiempo, en tus pupilas. Sientes su calor aunque no te toque, el corazón se te sale por la boca con cada descarga eléctrica que él te provoca. Tus ojos se funden con los suyos como si vieras tu propio reflejo, ves tus sueños brillando en el iris de sus ojos, lo miras preguntándole tantas cosas, cuando estás por hablar, con un dedo en tu boca lo evita y te contempla con mucha paz. Toma tu rostro entre sus manos y tú sientes que flotas, y una descarga eléctrica llega a tus entrañas. Pone sus labios sobre los tuyos y te entrega su alma en un beso, sin espacio ni tiempo.
¿Qué es parar el tiempo? La única manera que he encontrado, ha sido ese beso.
La foto se hace como la poesía, con poco cerebro pero muchas vísceras y mucho corazón!!! Foto y poesía también se tejen con cinismo. El descaro de decirle al mundo:este soy, esto veo y véanlo todos!! Tu desdoblas mundos que no existen a simple vista, en lo que llamamos real. Inventas perspectivas con luz, con espacios o con palabras y rimas. Llenas un hueco que antes de ti ni existía y nadie había imaginado jamás. Tu desdoblas mundos que no existen a simple vista, en lo que llamamos real. Inventas perspectivas con luz, con espacios o con palabras y rimas. Llenas un hueco que antes de ti ni existía y nadie había imaginado jamás. Y exactamente quizá el amor es eso: alguien viene e irrumpe tu mundo, para encender esa mecha que ya te ardía por dentro. Para despertar esa necesidad de navegar en nuevas latitudes. La necesidad de inventar mundos paralelos con el pincel de tu mirada.
Despierto con el aroma de tu cabello en mis manos.
Debe ser porque en mi sueño, recorríamos infinitos espacios girando uno sobre el otro,
recorrimos mundos paralelos, propios y ajenos.
Yo prendida de tu cuello y tu misterio; y tu atado a mi cintura y mis deseos.
En ese sueño, nos mirábamos un tanto, no hablábamos, aspirábamos el uno al otro.
Con cada caricia atravesábamos el océano agitado, cada beso fue como la dulzura del atardecer, sentir tu piel es tan sereno como tocar la arena en la playa, tus miradas pendulan de la ternura a la pasión con los matices de los colores de la selva. Tus abrazos son suaves pero con la fuerza de la nieve en las montañas.
Seguimos viajando uno en la piel del otro, encontramos oscuros pero exquisitos territorios poco explorados. Te adentras en ellos para deleitarme, te responden pequeños balbuceos al borde de mi locura.
Respiramos hondo para recuperar el paso, aún quedan muchos valles, muchos cauces profundos de ríos por navegar, aguas que llegan directo a tu corazón.
De pronto nos golpea una tenue soledad, la del que sabiéndose parte del otro, se reconoce primero a sí mismo. La soledad dulce del que nada espera, sólo seguir este viaje....
Me gustas. No es novedad ni noticia es simple eco de mis sentidos. Me gustas. Nada puedo hacer cuando esos ojos me derriban y me arrancan la ropa a la par de la razón. Me gustas. Lo sabes y tus dedos recorren mis líneas, las curvas, lejanas, profundas y tu favorita: mi sonrisa. Me gustas. De pronto mientras duermo, te subes a mis sueños, y sobre mí inventas paisajes: pájaros que vuelan, mares que se agitan, gritos que no cesan. Me gustas. Un poco de deseo, más curiosidad y más bien amor. Me gustas para ser mi amor.
Hoy la luna menguante sonríe misteriosamente bajo el negro velo que le infunde la noche.
Esa sonrisa encierra magia, complicidad, amor, ternura y mucha pasión.
La la luna sonríe con esa curva perfecta que sólo replica tu sonrisa: tu sonrisa de luna. Y aún así tu sonrisa es más bonita, más grande y sincera que la luna entera.
Tu sonrisa sin tiempo que se suspende en mis pupilas. Y yo sólo quiero ser un poco cielo, un poco nubes para tocar esa sonrisa.
Sonrisa que eclipsa mi alma, como la luna al sol.
Feliz día del amor: mi luna, amor, amor.
Y me han regalado esta foto...........para ilustrar estas letras........
Y parece absurdo que esa indolente indiferencia me mantenga enganchada a tí, como pendiendo de un puente que se va derribando en medio de la selva. Sé que debo retroceder, pero una magia cegadora me mantiene colgada de un par de hilos.
Tú del otro lado ni me miras, sigues tu camino. Sé que me conoces, sé lo que sientes por mí, pero estás decidido a no salvarme. Para tí el amor es más un encuentro que un rescate de almas perdidas, yo quizá en el fondo sigo esperando quien me enseñe otra vez los colores aunque sé que esa paleta vive en mi alma.
¿Cómo atravesar el puente sin irme al vacío? ¿Cómo caminar a tu lado sin esperar que me rescates?
Paciencia, disfrutando cada movimiento hacia arriba, hacia adelante. Primero, fuerza en los brazos para hacer balance y llevar el cuerpo arriba, siguiente apoyar las rodillas y tomar aire. Después, impulso para ponerse de pie, sentir el equilibrio del cuerpo y el alma en el mismo sitio. Sentirme a mí misma porque todo eso lo hice sola. En mí y para mí.
Y sólo entonces, cuando sea capaz de levantarme sola, recuperar el paso y caminar erguida, sólo entonces seré capaz de caminar contigo y a tu lado.
La perfección existe, la inventó Julio Cortázar......
Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.
No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.
Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.
Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.