Cuando tenía menos edad y más nuevas ilusiones pensaba que los sentimientos eran un ámbito separado de la lógica y lo racional. Creía que generalmente ambas cosas eran exactos opuestos y que si me iba bien en uno, el otro se veía afectado.
Hoy con muchos años más y triunfos y fracasos encima, me he dado cuenta que todo está conectado de alguna manera. Los sentimientos pueden ser un reflejo de la conciencia y el intelecto y a fin de cuentas son una decisión, lo cual implica una dosis de raciocinio.
El sentimiento se percibe a través de una emoción, una sensación, un estimulo que implica conexión con otras personas, circunstancias, lugares, cosas. El sentimiento inicia con ese estímulo que despierta a la conciencia y en ese punto el sentimiento se materializa en una idea que lo traslada al plano racional. En ese plano cada uno decide: aceptar o rechazar el sentimiento, hacerlo crecer, destruirlo, expresarlo, ocultarlo, mantenerlo…….y entonces parece que fuera un ciclo y el sentimiento resurge con lo racional y se potencializa o extingue y todo termina donde comenzó: en una conexión diferente (más profunda o más lejana) con aquello que inspiro el sentimiento original.
Este ciclo de decisiones y sentimientos es lo que mantiene en pié muchos de nuestros días, lo que puede darle un poco de calor al invierno y de color al otoño. Lo racional de las sensaciones implica una interiorización en la que el objeto del afecto se vuelve parte de nosotros y difícilmente se va algún día. Es así como nuestra vida se va llenando de instantes pasados que muchas veces nos aferramos en reproducir en el presente, aunque sepamos que es imposible. Soltar el pasado y empezar a escribir este presente debería ser nuestra misión.
No digo que sea fácil, únicamente que es cuestión de un día mirar atrás y decidir que el pasado ya dio lo que tenía que ser y es hora de empezar de nuevo. Es mejor cortar de raíz las conexiones con el pasado para que no invada al futuro y entonces nos estacionemos en el pasado eterno, porque este presente no se siente tan bien como el pasado y el pasado debe quedarse ahí, en su espacio y su momento, en los ratos felices que nos dio y que no van a regresar por más que lo intentemos. El futuro jamás será igual al pasado y lo único que nos queda es el presente.
Es este presente que inunda mis días, al que quiero pintado de esperanza e ilusiones y ya no de nostalgia. Hoy es día de decidir, que aunque somos los mismos en constante cambio, el presente y el futuro jamás nos regresarán la felicidad del pasado. Aquí y ahora la felicidad se disfraza de otros colores y matices y el chiste de siempre, de ayer, de hoy, de mañana es saber traducir esas señales en la tranquilidad que necesita el corazón.