Los días de otoño siempre han sido los mejores en mi vida, los días que me dan serenidad y calma para reflexionar hacia atrás en las caídas y logros del pasado y planear los retos siguiente.
Del otoño me gusta su simplicidad. Me gusta la alfombra de hojas doradas con el sol iluminándolas al atardecer. Amo las ráfagas de aire frío tocando mi rostro. Siempre atesoro el olor de las mañanas lluviosas: la tierra, el agua, el sol jugando a mezclarse con el aroma del café de la mañana, ese olor tan singular que sólo se despierta unos días del año.
Este otoño amo tanto la vida cotidiana: caminar de la mano, un domingo cualquiera que se vuelve el mejor domingo del año, las noches de trabajo siempre de la mano.
Conocí el mejor sueño ligero, con la paz y la tranquilidad que no conocía en tantos años.
Un otoño en el que amo la paz de tus ojos, la felicidad que tienen las cosas simples a tu lado. Quisiera guardar cada uno de esos momentos en un frasquito de felicidad y llevarlo en el bolsillo, así cuando las cosas no vayan bien, sacarlo y untarme en los ojos dos gotitas de felicidad.
Deseo que estos aromas, colores y sensaciones de otoño se queden siempre tatuados en mi corazón y con los años vayan armando el rompecabezas de la felicidad.