No se trata de perseguir algo, ni de llegar a algún lugar. Tampoco se trata de ganarle a otro, ni de algo que demostrar.
Es un poco de escuchar el corazón, de sentir la naturaleza latiendo dentro. Otro poco de mirar al centro.
Es mucho de limpiar la mente, de la fusión con el espíritu, de romper barreras de tiempo atrás.
Un tanto más de recordar la condición humana, como los habitantes de la Gran Tenochtitlán: como ofrenda, como hábito, como pretexto.
El paisaje es irrelevante cuando la imaginación se activa y pinta horizontes de lugares lejanos y perfectos, cercanos y divinos.
Correr es más que un deporte, un hábito o un pasatiempo. Es un desafío que te toma por sorpresa y el día menos pensado cambia tu perspectiva.
Correr es un reto del espíritu al cuerpo, el medio por el que el corazón se conecta a la mente y por unos instantes, existe la armonía perfecta: el centro del hombre en plena paz.
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