Cuando eres niño o adolescente piensas que algún día crecerás y cuando seas adulto tendrás todas las respuestas y el plan perfecto de vida, pero la realidad no es así. Precisamente cuando sales del espectro del control de tus padres, de un plan de estudiar cada día a veces más por deber que por placer, cuando es momento de tomar las decisiones propias, es precisamente cuando te das cuenta que tienes menos respuestas que antes.
Sales al mundo con tu cajita de paradigmas, alimentados por familia, escuela, amigos, sociedad, sales de la burbuja que te rodeó más de veinte años y a veces parece que el mundo afuera es más atractivo o más fácil y de repente te da la tentación de romper con todo lo que has sido hasta hoy. Sientes una libertad por dentro que te quema las ansias por ser otra persona y empiezas a intentarlo, pero muchas nuevas experiencias no te satisface, no te dejan el corazón latiendo a todo lo que da, o la sensación en el estómago de alegría y la adrenalina corriendo por el cuerpo. Con el tiempo te das cuenta que lo que te hace realmente feliz es apegarte a los principios que has tenido toda tu vida a los que has hecho tuyos siempre, principios, no paradigmas. Esa es la clave en la búsqueda de la felicidad, distinguir un principio de un paradigma o prejuicio.
Con los años se va complicando echar fuera los prejuicios y apostarle al corazón, con cada logro que se va alcanzando, automáticamente se incrementa la responsabilidad porque el próximo logro sea mejor y la carrera con uno mismo parece no tener fin y al mirar atrás en esa carrera, sólo está llena de pequeñas glorias, muchas superficiales, muchas intensas, pero todo ese montón de logros no te hacen mejor persona, lo que te hace mejor persona son los principios y cómo estos evolucionan desde el interior para ser mejor persona. Los prejuicios pueden quedarse a un lado.
Después de años de adaptarme a un medio con el que muchas veces no empataba, que muchas veces atenta contra mis principios, empecé a hacer una extraña fusión en la que preservé mis principios combinándolos con algunos paradigmas de mi entorno y hacer como si me adaptara a ello. Empecé un camino teñido con un toque superficial, en el que algo en mí cambió, pero no supe ni como ni cuando.
Hoy siento que estoy regresando a mis orígenes y me da miedo, no sé si quiero aceptar volver a ser la persona del pasado, la de hace cinco o cuatro años. No sé si podré sobrevivir en este mundo echando abajo mi imagen por la que tanto me he esforzado, aunque una cosa es cierta; no quiero la imagen construida sobre estatus, marcas, influencias, etc; quiero la imagen construida sobre mi carisma, inteligencia, empatía, simpatía, esa es la que quiero conservar. ¿Podré romper la fusión?
Tengo miedo de romper, pero también sé que lo necesito. Necesito recuperar el lado simple de mi vida, sentirme feliz por el sólo hecho de respirar, de ver la luz cada día, de poder levantarme y caminar, feliz por llegar a casa y encontrar con quien hablar, Necesito valorar el amor puro: sin poner etiquetas, condiciones, sin miedo, necesito confiar en el amor por sí mismo, sin verlo a través de modelos aspiracionales, necesito dejarme llevar ¿por qué cuál es el mejor modelo para cada uno?, sólo el corazón lo sabe.
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