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lunes, 15 de agosto de 2011

Los primeros ocho

Vagamente recuerdo la última vez que llegué a mi peso actual, seguramente tenía 21 o 22 años, edad en la que no me importaba mi condición ni aspecto físico y mucho menos de salud. En esos años vivía enfocada en la universidad y lograr una titulación a lo grande, que me abriera las puertas del mundo profesional.

Escudada en ello, permitía que el estrés me invadiera y de él podía escapar sólo comiendo. Desde niña desarrollé malos hábitos y un vínculo emocional sólido y duradero con los carbohidratos. Aprendí que cuando todo iba mal o no salían las cosas había dos refugios: los libros y la comida.

Esta adicción me ha acompañado por al menos veintiséis años de mi vida en los que por mucho tiempo me resigné a que era mi destino y que así era feliz (y si lo fui pero no plenamente) y me concentré en desarrollar otras facetas de mi vida. Así llegué a los veintisiete años de vida, con una gran carrera profesional para mi edad, iniciando un master, materializando muchas otras metas, sin embargo había algo pendiente.

En ese 2009 decidí que era momento de atacar aquel talón de Aquiles que me había acompañado toda la vida, así que me inscribí al gimnasio. Vencí la flojera y hoy puedo decir que son dos años constantes en los que el ejercicio ya es parte de mí y mi bienestar. Incluso mi humor cambió, vencí mucho el estrés y aprendí a conocer más mi cuerpo.

Sin embargo, mis malos hábitos alimenticios permanecieron y se acentuaron, como si el ejercicio " me diera permiso de portarme peor", pues al final quemaría esas calorías. A la par, comencé a buscar remedios alternos para atacar mi problema: pastillas, thes, ampolletas, licuados y todo lo que me prometiera unos kilos menos. De dieta ni hablar, mi respuesta era la misma: no tengo fuerza de voluntad.

En mi interior sabía que no seria capaz y necesitaba más ayuda. Así pasaron veinte meses, donde el ejercicio se mantuvo y gasté el equivalente al enganche de un auto en remedios "mágicos" adelgazantes.

Hace unos tres meses decidí de pronto que era hora de tener y adquirir de donde fuera, la mentada fuerza de voluntad. Realmente me inspiró mi ambición de ser la mejor, ahora sí, en todo, todo es todo, incluida la imagen que tanto había trabajado. Así comencé esta aventura de vencer mis miedos ancestrales y decretar que sí tengo la voluntad y que sí cumpliré mi meta de ser la mejor.

Tras estos meses, hoy tengo 2 tallas y 8 kilos menos de cuando inicié. Aún me faltan 4 tallas y 22 kilos, pero sé que es una conquista que se gana día con día.

¿Lo qué más me motiva hoy? Que llegue diciembre y decir, pude hacerlo, mi voluntad fue probada y resistió. El miedo se fue y solo hay amor y voluntad en mí para lograrlo.

Sé que cuando esto termine buscaré una nueva misión de vida y sólo deseo ayudar a los niños y chavitos que viven con esta enfermedad y transtorno a que lo acepten, trabajen en su voluntad y fuerza y tomen la decisión de curarse.

Les diré que como toda adicción hay días difíciles, de llanto y desesperación, pero cada que anochece y seguimos el plan sin vacilar, algo en el alma se vuelve más fuerte, es como entender que el milagro de la vida se abre, nos abraza para seguir con fuerza y Dios nos toma de la mano a ser mejores personas.

Estoy simplemente feliz de que así sea.



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