martes, 31 de agosto de 2010

Plegaria

La eterna plegaria de las almas que buscan reconocerse con los labios.
La plegaria que aprendimos de los dioses y en su cadencia guarda el azul del mar.
La plegaria que no es de palabras ni notas conocidas, es de lagrimas, de sal y de agua...

El viento acaricia las plegarias, la luna y el sol las abrazan.
Las plegarias no tienen idioma ni forma ni color, pero llenan de luz el cielo de todo aquel que las predica.

La inmensa plegaria que nace en el vientre y no en la garganta,
la que nadie nos enseño ni cuantificó ni estandarizó.
La plegaria que simplemente es, que no se explica, que atrapa.

Los ruegos de la sangre tibia que necesita respirar a tu lado, esa es mi plegaria.
Mis ojos empapados de ilusiones, esa es mi plegaria.
Tus manos abriendo caminos en mi piel, esa es tu plegaria.

Lo que pudo ser, lo que fue, no existen más. Sólo existe esta plegaria.
Este día, estas sombras, este paseo fugaz que atraviesa el tiempo, que corta el espacio y fusiona todos los dioses en esta súplica.

No conocemos el final de la plegaria, de pronto se apaga y surge la paz del silencio.... donde la única certeza es que la plegaria no muere.
Es como las olas más sentidas del mar: volverá a resurgir y su fuerza calará mis entrañas de nuevo,
hundirá mis manos en tu espalda y moriré de nuevo en la pureza de tu pecho.

Y así será mi súplica eterna, mientras haya un cielo y en él vivan tus deseos.



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