Sin duda son nuestros padres, abuelos, las personas más cercanas a nosotros cuando somos niños los que nos enseñan el significado de la palabra amor. Nuestras emociones, sensaciones y pensamientos al percibir el mundo y la realidad siempre tendrán ese toque que se nos tatuó cuando muy pequeños y que incluso a veces sólo aparece en el inconsciente.
Poco a poco, a lo largo de la vida, se van sumando personas, experiencias, lugares, libros, música, momentos que van ajustando esa perspectiva, encaminando nuestros sueños, descubriendo nuestra vocación. En ese proceso existe un rol muy trascendental, que es el de los profesores. No recuerdo, no concibo la vida escolar por los edificios, las instalaciones, los libros o cuadernos, lo que más dejó impacto en mí fueron las enseñanzas que juntos construimos, tantos amigos en el camino y muchos maestros que sin duda cambiaron mi vida, orientaron mi camino y a los que siempre estaré muy agradecida.
Siempre he dicho que estudié en una gran escuela, pero no por su prestigio mercadológico y mediático, no por sus instalaciones de primer mundo, ni por la libertad que gozamos, digo que es una gran escuela simplemente por su gente, por todo lo que dejamos ahí mes con mes, por todas las historias, los apodos, las desveladas, los nervios, las risas, por la gente que cambió mi vida.
Y hoy simplemente no puedo creer que la institución, el sistema, o como se llame, esté dándole la espalda a toda esa gente que se la ha pasado generación tras generación dándolo todo por los alumnos. Sé que hay muchos profesores malos, más que malos mediocres, pero sé también que los pocos buenos que estaban en ese lugar, me hicieron una mejor persona y eso no lo paga una colegiatura, ni un crédito, ni nada, eso sólo se paga con agradecimiento. Mi agradecimiento es sobre todo para una persona que a mis 17 años, algo confundida y queriendo estudiar Actuaría, me enseñó el maravilloso mundo de la economía y desde entonces me enamoré de esta profesión. Mi agradecimiento es para Marcela.
Veo con tristeza como el sistema de empresa privada que rige a mi universidad, puede más que su función final de formar personas. Con decisiones como correr a los mejores profesores del sistema y de muchos años, van a privar a nuevas generaciones de personas que refuercen y engrandecen tu vocación, que te enseñan a trabajar por amor a este país, que te inculcan la ambición por ser alguien en la vida, la confianza en ti mismo, el soñar muy alto.
Hoy no estoy orgullosa de mi Alma Mater, ni de sus formas de operar y deshacerse de la gente, de “reestructurar” los campus, de “fusionar” carreras (como si fueran empresas, como si la vocación se pudiera fundir con otra). Mi carrera de Economía desapareció y se fusionó con Finanzas (porque éramos muy pocos y nunca fuimos negocio), ahora se llama Economía y Finanzas, ¿pero qué harán las nuevas generaciones de economistas que, como a mí, ni siquiera nos gustan las finanzas?
En unos meses mi hermana entrará a la universidad y me siento insegura por la calidad educativa que recibirá, no medida por el trabajo que pueda conseguir, ni por el dinero que pueda ganar, sino por lo que va a influir en su vida para orientar verdaderamente su vocación y hacerla crecer como persona. Parece que con los años, en lugar de progresar las instituciones se achican en pro de la modernidad y estoy a favor de la evolución, pero no a costa del poco avance que llevabamos en educación.
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