Tenía mucho que no escribía en mi blog. Primero tuve días muy largos, llenos de ocupaciones, luego he estado reflexionando en un montón de cosas que me pasaron y aquí estoy de vuelta, para contarles que me quitaron algo muy valioso para mí, una pérdida muy grande que me dolió y tal vez siga doliendo a lo largo del tiempo. Esta herida tal vez no cure, pero tal vez estas líneas me ayuden a darle sentido a esa pérdida.
Detrás de mi pérdida, lo que más me duele es esta ciudad, este país, esta intolerancia y falta de respeto al otro, a su individualidad. Me duele la indiferencia que late en todas nuestras calles. Me duele, me duele mucho que no nos importen las cosas que los otros aman y que podamos arrancárselas sin que nos importe nada y a cambio de la cosa menos importante de la vida…..el dinero.
También me duele que los autores intelectuales y operativos de todo son un par de niños menores de 15 años. Quince años iniciando en fechorías, y quién sabe cuántas traigan ya en su costal, ¿cómo será su vida a los 20,25, 30? ¿Cuántas personas habrán robado, matado, secuestrado, violado? Y lo peor es que no es culpa de ellos, sino de todos.
Mía por todas las veces que me he callado y he sido indiferente y he visto a lado mío, en mi trabajo, en la calle, en mi escuela, como le faltan el respeto a la integridad de otro ser humano y lo he tomado tan normal. Culpa mía por todas esas veces que me siento distinta, mejor, irreal y me olvido que eso no sirve de nada sino termino cuidando y dándolo todo por este país.
Mi culpa por no ser una ciudadana responsable, que está al tanto de lo que hacen sus legisladores con el dinero de todos, de las decisiones que se toman, del destino de la comunidad. La culpa porque soy del escaso 10% de la población que tiene acceso a estudiar un segundo grado académico y soy tan indiferente como el que no terminó ni la primaria, la culpa es triple, exponencial cuando sabiéndolo todo, lo he ignorado y callado.
La culpa de todos los que en pro de nuestro bienestar individual, ayudamos a que este país se retuerza cada vez más, a que las brechas se abran, a sentirnos diferentes y mejores y como diría mi abuela….en el pecado llevamos la penitencia. Al ser una sociedad tan desigual, es obvio que el que menos tiene quiera más aún a costa de perjudicar con dolo y alevosía al que menos tiene.
Entonces si estoy sufriendo es culpa mía y de nadie más, culpa de todos, culpa de nadie. Lo único que puedo, es hacer que valga y cambiar un poco mi egoísmo, mi individualidad y empezar a pasar del discurso a la acción, un compromiso más que palabras.
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