Uno cuando escribe no espera agradar a nadie, al menos yo no lo espero, ni ganar dinero, ni ganar fama, ni ganar poder. Uno cuando escribe sólo busca que al finalizar la hoja pueda ser un poco mejor que cuando escribió la primer palabra.
Uno cuando escribe busca en un espacio en blanco poder descifrar los misterios no de la vida ni de la muerte, sino del corazón. Y resulta que el que escribe no es el mismo que habla, el que escribe es aquel escondido en lo más profundo de uno mismo, es el corazón que hila se limpia de complejos, creencias y costumbres y escucha fielmente a los sentimientos, al alma.
Cuando uno escribe, todo es verdad, todo es lo que es, el que escribe no aparenta ser nada ni nadie, sólo él y su mundo, el que escribe es la persona más sincera, el que escribe se desnuda.
El que habla desde aquí está desarmado, tiene el corazón en la mano y está desnudo en medio de un desierto (esto podría ser una buena foto) con el corazón latiendo y la mirada perdida dentro de sí.
Este que escribe, vibra, vive y puede después contarlo al mundo, esa es la única diferencia entre el lector y el que escribe. Los dos sienten, se emocionan, se enamoran, se cuestionan, viven, vibran, pero el que escribe toma una hoja en blanco y se lo cuenta a todos. Esa es la única diferencia.
Por eso el que escribe valora mucho lo que opina el que lee, porque el que lee alimenta sus ganas de seguir contando historias, no para que lo alaben o reconozcan, simplemente para sentirse vivo. El que escribe se siente vivo cuando escribe y vibra y se emociona, pero cuando el lector se toma el tiempo para lo que uno escribe, uf……..eso es indescriptible, es el orgasmo literario.
No hay comentarios:
Publicar un comentario